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Barbara Délano: Playas de Fuego, artículo de Sonia M.Martin

Hubiera querido hablar de poesía con Bárbara Délano, autora del libro Playas de Fuego, pero el destino no nos permitió tal encuentro; mientras ella viajaba a México, nosotras volvíamos a California y luego, mientras nosotras volvíamos a Chile, Bárbara viajaba entre México y Perú y en este itinerario perdimos definitivamente la comunicación, y fue para siempre, pues Bárbara partió al cielo en un conocido accidente aéreo en Perú, acaecido en octubre de 1996; pero quedó su poesía y fue Dolmen Ediciones S.A. Chile, quien rescató sus poemas y nos hizo llegar Playas de Fuego a nuestra redacción.

Mientras escribimos esta nota, nos debatimos entre el deseo de 'conversar con Bárbara' sobre poesía, o presentar primero al lector una breve biografía de la poeta chilena, que viene inserta en su libro de versos...La noche -porque escribimos de noche- nos aconseja mostrar primero la historia de la poeta a los lectores, y quizá, luego, divagar sobre poesía leyendo el libro de esta aeda sureña.



Extasis y viaje de Bárbara Délano
"Bárbara Délano Azócar nació en Santiago de Chile el 17 de octubre de 1961. Hizo estudios de Antropología y Literatura antes de partir a México, donde ingresó a la UNAM a estudiar Sicología. Hija y nieta de escritores, desarrolló muy tempranamente su vocación literaria. Publicó en vida dos obras poéticas: México-Santiago (1979), una edición artesanal realizada en conjunto con el pintor Marcos Limenes, que apareció en México, y El rumor de la niebla (1984), editada en Canadá en versión bilingüe.
En 1988, antes de retornar a México, para radicarse en ese país al que le unieron firmes lazos, fue becaria en Chile de la Fundación Pablo Neruda. Diversas antologías nacionales y extranjeras incluyen sus poemas, que han sido traducidos al francés, al inglés y al sueco. Bárbara Délano murió en octubre de 1996, en un accidente aéreo, cuando viajaba a Chile. Entre sus papeles fue hallado el manuscrito de Playas de Fuego, que finalmente ve la luz en la presente edición".

Extrañas paradojas del ser humano
Queremos mostrar otras facetas de esta poeta chilena quien duerme en el Pacífico su sueño eterno. En su libro póstumo, hay dos personas importantes que nos hablan sobre Bárbara, una es la madre de la poeta. El otro, es un buen amigo, al menos, así se presenta este hombre, quien no solo nos dice, quien es la versificadora, también analiza y nos entrega su versión personal sobre la poesía de Bárbara Delano.

Con "Una explicación" de Azócar, iniciaremos este paso por la vida familiar de la poeta y continuaremos con las palabras de Roberto Brodsky, "Habitaciones de Bárbara". Y cerraremos esta 'conversación con Bárbara Delano y su poesía' con nuestras propias divagaciones sobre lo que pudo ser nuestra propia amistad con esta joven poeta, a quien en una oportunidad, su padre, Poli Délano, nos quiso presentar, pero, como ya dijimos más arriba, siempre se interpuso entre ella y nosotras el Destino a través de un viaje de ella o nuestro...y por supuesto van también sus versos. Los que van a continuación inmediata a mis divagaciones, son versos que seleccione entre varios poemas que guardan relación con nuestros propios 'dados poéticos y Bárbara'.


Una explicación
María Luisa Azócar

"Al momento de su muerte, Bárbara vivía en un edificio de la calle Tamaulipas, al llegar a la avenida Alfonso Reyes, México DF. En la mítica y entrañablemente querida por ella, Colonia Condesa. Desde las ventanas de su departamento se veían las cúpulas amarillas y azules de la iglesia de Santa Rosa de Lima, que se encuentra justo cruzando la calzada.

Y fue allí donde llegamos con Viviana, a cumplir la extraña tarea de disponer de lo que habían sido sus bienes terrenales. Entre el dolor y la perplejidad en que nos debatíamos, encontramos ordenadas en su computadora diferentes versiones, correspondientes al período que va del 90 al 96, de los distintos proyectos poéticos en los cuales Bárbara estaba empeñada. Allí estaba ella, nuevamente, dando cuenta de su dedicación a lo que fue su más grande pasión: la poesía.

Más adelante, ya de regreso a Santiago, y con la ayuda y el trabajo de Teresa Calderón y de María Luz Moraga, a quienes agradezco por su profesionalismo, seleccionamos y configuramos el texto que aquí presentamos. Lo hemos titulado (Playas de fuego), optando por el paréntesis gráfico para señalar su carácter inconcluso. Esperamos poder así interpretar a Bárbara y respetar de paso la suspensión de su deseo. Los que conocimos a Bárbara sabemos cuán generosa era. Todos sus amigos puedan dar fe de ello. Siento que el encuentro con su poesía, para quienes la quisimos, constituye su más íntimo regalo. Regalo que esencialmente habla a la memoria, y nos insta a recordar."

Habitaciones de Bárbara
Roberto Brodsky

"Conocí a Bárbara Délano en su casa de Valencia, en el barrio de Ñuñoa, sentada en una mesa de comedor sin mantel y fumando. Me acuerdo sólo de dos cosas: que hacía un frío atroz y que yo nunca había estado antes en una casa habitada por la literatura. De lo primero se entiende que era invierno, pero habría que agregar que, en 1979, en Santiago, el invierno no era lo que es hoy. Cómo explicarlo para que no se malinterprete, para que los chicos no bostecen ni los neutros se sulfuren: Bárbara y su hermana Viviana vivían con su madre, María Luisa Azócar, psicóloga, separada del escritor Poli Délano, quien a la sazón vivía exiliado en México. No mucho tiempo antes, a fines del 76, el historiador Fernando Ortiz, pareja de María Luisa y con quien convivía desde hacía años, había sido secuestrado y desaparecido. Las tres mujeres se habían trasladado a vivir a Valencia después del golpe, tras desarmar la casa que tenían en calle Bombero Núñez.

Por entonces, y siguiendo una tradición familiar que se remontaba al escritor y periodista Luis Enrique Délano, Bárbara y Viviana eran comunistas. Anoto el dato porque no es menor: a los 18 y 15 años, ninguna de las dos aceptaba la jubilación anticipada y silenciosa que le propuso a nuestra juventud la ramplonería militar. En los veranos, ambas viajaban a México para visitar a Poli y al abuelo Luis Enrique, quien en sendos retratos de domingo un buen día fijó con el pincel en esa edad impredecible que dejaban yendo de un sitio en otro.

Del segundo recuerdo, se desprende que para esa familia la literatura estaba y vivía por sobre el materialismo histórico, las tesis novena y décima de Feuerbach, la polémica sobre Althusser y el manual de Marta Harnecker. Acaso porque, como quería Borges, lograban integrar oblicuamente esa filosofía al género fantástico donde coexistían con el conjunto de las religiones (y ya se sabe lo perdurable que son esas ramas de la literatura). Como fuera, la casa estaba habitada por algo que era más que un montón de libros donde se apilaban un montón de frases. En rigor, lo que menos ví entonces fueron libros, pero sus secretos estaban por todos los lados: en los ventanales con postigos que daban a la pileta y los árboles del fondo, en el aire recogido sobre el desorden de los papeles, en la noble superficie cruda de la mesa y, por sobre todo, pero muy por sobre todo, en la propia Bárbara: una casi niña, apenas mujer, fumando su cigarrillo como una ninfa salida de las páginas de Nabokov.

Eramos varios los friolentos esa noche: estaban entre otros, Alex Walte, que tenía una farmacia donde funcionaba el taller de poesía La Botica. Gregory Cohen, que paseaba por esos días un poema largo como él mismo por la pizzería Il Succeso; Alfonso Vásquez,que hacía sonar las suelas bajo un abrigo que parecía tractor; el arquitecto Mario Castillo -único profesional serio del grupo- y Jorge Ramírez, que lo desmenuzaba todo bajo sus gafas a lo León Trotsky. Era un cenáculo de anarcoliteratos sin un solo peso para invertir en el oficio. Yo era el nuevo, el recién llegado -extrañamente, nunca he podido dejar esa condición-, y Bárbara me recibió con una coquetería intimidante que el tiempo transformó en lealtad ciega, a prueba de amoríos y traiciones.

Mi recuerdo se dispara desde allí en todas direcciones imaginables, balbuceante, intentando retener para sí los versos del penúltimo de los poemas que forman este libro: Ibamos a ser otros íbamos a ser/quienes debíamos ser y algo para siempre/quedó trastabillando como un ciego que no logra/llegar después que han cerrado/todas las cantinas.

La imagen sugiere una derrota, pero contiene una imposibilidad: la de quien se anuncia y nunca logra volver. Era el tópico de Bárbara: regresar a casa (ese lugar cambiante de su geografía partida no en dos, sino en muchos pedazos: Y supe que tenía que marchar/El paraíso tiene muchos nombres/lejanos y hundidos como botellas en el agua),volver a ese comedor de invierno que era más que literatura y los libros, porque daba a un patio -memoria donde podría ver caer los damascos con sus pulpas abiertas, sangrando voluptuosamente sobre los recuerdos deshidratados.

Como toda utopía personal y poética -por qué no social también- la suya se fundaba en el impedimento que suponía un cierto vitalismo peformántico, incorporado ya como tradición a partir de las relecturas del buen Rimbaud. De esta tensión, entre un querer salirse y un tener que estar en la historia (el lenguaje), surgía una poesía hecha de desgarros ciertos y memorias inscrustadas por el habla de cada día, crítica y perfectamente consciente de la pérdida de significados que este movimiento creaba. Quieren ponernos las cosas difíciles te dije/considerando que las palabras ya no designan/objetos ni situaciones/sino relaciones lingüísticas/dejándonos sin frutos sin sombras/ en este infame terruño de las representaciones/, anuncia Bárbara ya en los primeros versos de estas playas.
Será tarea del crítico, si todavía existe uno con ese título en el eriazo y presuntuoso, vincular y determinar lo singular de esta poesía con respecto al panorama de la generación postgolpe. Pero vamos a alentarlo al crítico, vamos a facilitarle la pega y a abusar de las pistas que otorgan las confidencias hechas de oreja a oreja.

Más que remitir a Teillier, hacia quien Bárbara profesaba una admiración personal y literaria que la llevaba a enfrascarse en alcoholizadas batallas verbales con los seguidores de Parra y Lihn -yo, entre ellos-, la lectura de Playas de fuego, pero no sólo su lirismo de después de la batalla, sino también el hecho de su publicación póstuma, me devolvieron una y otra vez a la figura de José Carlos Becerra, el gran poeta mexicano muerto trágicamente en un accidente de autos en 1970.

Al igual que él, por esas sincronías terribles y llenas de arcaísmo, Bárbara publicó en vida sólo dos libros de poemas: México-Santiago (1970) y El Rumor de la Niebla (1984). Ambos editados en el extranjero. Como Becerra, no había cumplido aún los 35 años, dejando tras sí una producción que se seguirá escribiendo con ayuda de editores y amigos hasta verse publicada íntegramente. Por sobre estas similitudes, el parentesco se estrecha todavía más al considerar las afinidades de uno y de otro, la personal manera de asumir la poesía como un trabajo de recuperación destinado a fundar, a su vez, una nueva imposibilidad.

El tiempo que compartimos con Bárbara en un providencial y desmoblado pasaje de Macul, el año 91, me lo recuerda, trayendo a la memoria su entusiasmo por Becerra, cuando tomaba el libro marcado en La otra orilla:Sí, he perdido aquella canción/aquella canción/aquel tierno desastre -leía para sí misma-. iba a decir algo/cogí la pluma para eso/cogí mi alma para eso/¿qué iba a decir?/ Se me ocurre que una agitación parecida la llevó a escribir: He buscado una palabra solamente una palabra/para decirte es cierto que dejaremos de oír.

Hay algo adivinatorio, también, que se proyecta como una amenaza sobre el conjunto de los poemas de este libro y que no deja de espantar o asombrar. Asombro de un fin asombroso y absurdo para alguien que, sin anunciarse, estaba volviendo siempre a sentarse a la mesa para retomar la conversación y tirar las cartas, porque a Bárbara le gustaba probarse, transgredir la quietud de los espejos y hacerlos saltar de sus marcos.

Sus itinerarios, por lo demás, confirman esta obstinación. Varias veces hizo el trayecto de ida y vuelta emulando El viaje de Baudelaire (a quien leía dedicadamente, como a Vallejo), con su compañero de vida Sergio Rebolledo, mientras estuvieron juntos, y luego sola cuando se separaron.
Podría haberse quedado otras tantas veces en cualquier sitio, porque poseía un talento enorme para convencer a los demás y trabajar con ellos. En México, adonde llegó a estudiar en el año 82, se tituló en Sociología con la Medalla Gabino Barreda incluida (una distinción dada a los estudiantes que
hubieran obtenido nota 10 a lo largo de toda la carrera, algo de lo cual ella se enorgullecía con una pizca de ironía). Allí rompió su adhesión a los comunistas luego de un distanciamiento natural con las ortodoxias de cualquier signo; volvió a Santiago el 87, naufragó e hizo naufragar pasiones con una regularidad a prueba de compromisos maritales, trabajó junto al equipo del Centro de Estudios de la Mujer por un tiempo, y luego partió a refugiarse largos meses a Cartagena antes de regresar nuevamente a Ciudad de México. Me consta, a través del entrañable epistolario que cruzamos hasta semanas antes de su muerte, que en ningún lugar por donde sé que anduvo (que no son pocos ni del todo improvisados) encontró mucho más que un amante que la envolviera.

La vez que la visité en Ciudad de México, trabajaba silenciosa y porfiadamente en un conjunto de poemas que se negaban a adoptar una versión definitiva. Su voz en el departamento de la colonia Hipódromo Condesa era la misma que escucho ahora al leer Playas de Fuego, una prosodia envolvente y con algo de litúrgico, nada de declamativa, como si transmitiera un secreto. Por sus últimas cartas, sé también que estaba llena de proyectos -un guión de cine, una carpeta de relatos, una junta de viejos amigos en París, con Mauricio Electorat y Felipe Tupper- y entusiasmada con su trabajo en la Dirección de Comunicaciones de una institución oficial. Bárbara amaba la vida, había aprendido a apreciarla en períodos de máxima dificultad, deseosa de realizar cosas que florecieran con ella -cuestión de mujer y poeta- al punto que tiraba todo por la ventana con tal de hacer la siguiente y una de más, como su desprevenido y trágico viaje a Chile, del cual únicamente su amigo Sebastián Gray tenía alguna noticia.

De eso hace dos años ya, y recuerdo que ese día interminable acompañé a su padre a buscar una maleta a la casa de Valencia, antes de llevarlo a él y a María Luisa al aeropuerto donde habrían de embarcarse rumbo a Perú. Mientras Poli rebuscaba en la pieza de arriba, me senté en la mesa del comedor donde Bárbara me había atendido con un velo de gasa con la mirada, aquel invierno del 79. Apoyé las manos en la tosca superficie de madera y me quedé mirando los retratos de su hermana Viviana y de ella misma pintados por su abuelo, y que ahora colgaban del muro. Antes de que Poli bajara, me quedé un instante perplejo y en silencio, los ojos pasados por agua, apaciguado por su imagen en la tela. Con ella la sala parecía habitarse de risas y voces, de historias que nos contábamos para no dormirnos en las distancias de dos piezas, dos casas, dos países. Traté de escuchar, una vez más. Era tan dulce oírla volver.

Las gaviotas rastrearán el agua
buscando moluscos muertos
sobre las manchas de petróleo

No hay consuelo para mi boca seca
Huye de mi casa forastero
Las mujeres hablan de mí tras las puertas
La lluvia resbala
hasta tenderse sobre las agujas de los pinos

Entonces un olor de otros paraísos
abre su ventana frente a la ventana del mar

Recuerdo las iguanas tendidas bajo el sol Tulúm
más allá y antes de todo

Y supe que tenía que marchar
El paraíso tiene muchos nombres
lejanos y hundidos como botellas en el agua

Preponderancia de los grandes
Aquí el agua pasa y no se detiene

Mil colores se deshacen sobre tu rostro
Tu rostro hace una sola pregunta
¿Hay silencio en el fondo del mar?

Ciudad en ruinas
el doblez de mis ojos termina en tu orilla
No hay soporte para el trono de los elegidos
Vagarán los poetas por los caminos del óxido
Y la noche pasará el día pasará
Y vendrán las sirenas otra vez
a poblar estos mares del sur

Veo a una niña en la plaza
donde van los jubilados a jugar al azar
Lleva una falda azul y el pelo tomado en la nuca
Oscurece
Tañen las campanas de la iglesia

El odio remonta sus cicatrices
hasta hacernos morder el polvo
hasta yacer sobre la acera con las rodillas descubiertas

Las campanas repiquetean para decir no hay perdón
en esta tierra de nadie donde hemos venido a perdernos

Espacio puro, riesgo y poesía

Un poema logra lo más alto: encarar el vacío y la realidad exterior, lo presente y lo probable, lo anterior y lo venidero...quién puede definir lo que se gesta en el espíritu del poeta, mientras está en proceso de su creación. En los versos que hoy leemos del libro de Bárbara, ella parece comunicarnos lo venidero...quien haya escrito poesía, sabe que de pronto todo se detiene, el mundo pierde sus contornos y los objetos se hacen mas nítidos en nuestro interior, mientras el mundo puede permanecer borrascoso en nuestro entorno.

Tocados por el momento poético, la vida desaparece en sus aspectos reales, para dar paso a un tiempo desconocido cercano al éxtasis, en cuyas ondas líquidas como aguas dormidas hay un susurro íntimo en donde eclosiona el poema entre consciente e incosciente, se gesta como una criatura en el vientre de su madre, se alimenta de ésta, pero desde el momento de su gestación el poema -como la criatura- tiene vida propia.

El poema se nutre del lenguaje, esa misteriosa y voluptuosa carne, que se adapta a la poesía por ser esencialmente metafórico. El poema es origen, pero logra ser también materia, palabra que proviene del sánscrito y que da base a las palabras latinas como madre, matriz, madera, materia. Es decir, el poema es origen... El poema participa del 'azar' palabra de origen árabe (Yasara) que significa jugar a los dados...no olvidemos que Mallarmé concibió el poema como un tiro de dados, azar...y el azar es también un poco el Destino...Todo poema es éxtasis momentáneo, Playas de Fuego, nos dice la contratapa del poemario, fue "fruto de un riguroso trabajo escritural de más de seis años, entre Chile y México, e inscrita dentro de una obra caracterizada por su fogosidad y transparencia, Playas de Fuego constituye una permamente tensión entre la crónica y el deseo, la afasia y la palabra, el instante y la Historia. Espejo y despositario de la experiencia, el mar encarna aquí simultáneamente el deseo callado de hablar, así como la desmesura que ella abrazó y amó". Releemos los versos de Bárbara y en ellos la poeta nos muestra el camino que Mallarmé señala sobre el poema y el juego de dados...la vida y los versos son un azar...juegos de dados que van a dar al mar.

Porque todo lo que se pierda va a dar al mar
me tiendo en el borde
para oír a mis hermanos muertos
porque no soy yo la que habla
me he tendido en la colina para
que hable el mar

Y supe que tenía que marchar
El paraíso tiene muchos nombres
lejanos y hundidos como botellas
en el agua

Entonces vi el avión atravesando
el cielo
la nieve blanca se extendía abajo
y el sol era más grande que nunca
como en los dibujos de los niños
lo vi


Tómame la mano pecosa dije
para que no sintiéramos
Pero sentíamos de todas maneras
el carraspear de las bobinas y las
alas
las magníficas alas también se
caían
y se estrellaban contra el suelo
Tómame las manos le dije a mi hermana
basta ya de esta chingadera


Estos últimos versos fueron tomados por nosotras al azar de las páginas del libro Playas de Fuego, por lo tanto no constituyen un poema completo como los otros poemas que están aquí publicados.

© Sonia M. Martin



Yo, la bailarina / poema de Sonia M. Martin


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En vilo voy entre
tus brazos…
el enjambre
de mariposas
 nos lleva
 hasta
 la puerta
de mi
clase de danza

Allí me depositas
jurando volver
mañana y todas
las mañanas de
nuestras vidas…

La guitarra
 de Julián Benito
desgarra para mi
el Zorongo Gitano
Mi grupa danza,
 se mueve a la
música del zorongo;
danzo intensa,
convulsa,
pies y manos
pies alados
ondulando
caderas y brazos;
 mi cuerpo
copula con el rito
del duende que
invade mi sangre
al son del
zorongo gitano



© Sonia M. Martin
Del  libro Iniciación, Extasis y Visiones del Amor

Fotografía: Sonia, vestido con volantes blanco, bailando "Zorongo Gitano" en el Salón Goyescas, Chile, 1955, con Hugo Chible, Pepa Conde, Virgilio Azhara, Claudio Vergara y Manola Morales. El guitarrista: Julián Benito.

"Londres 38, Londres 2000" de Sonia M. Martin y Carolina Moroder: bautizo en la Universidad Central de Chile, Santiago agosto 2009

De izquierda a derecha: El juez Juan Guzman; Sonia M. Martin, co-autora; Gabriela Zuñiga, Vocera de Prensa de la "Agrupacion de Familiares de Detenidos Desaparecidos "de Chile; Carolina Moroder, co-autora y Tucapel Jimenez Fuentes, diputado.  Presentando el libro en el Aula Magna de la Universidad Central de Chile, agosto 2009.







De izquierda a derecha: El juez Juan Guzman; Sonia M. Martin, co-autora; Gabriela Zuñiga, Vocera de Prensa de la "Agrupacion de Familiares de Detenidos Desaparecidos "de Chile; Carolina Moroder, co-autora y Tucapel Jimenez Fuentes, diputado.  Presentando el libro en el Aula Magna de la Universidad Central de Chile, agosto 2009.


"Cementerio de Automóviles" de Marta Candia, producción Dita Cohen-Centro Cultural Prisma, crítica de Sonia M.Martin/ Venezuela Grafica, Caracas 1988






TU ARDIENTE ESPADA, poesía erótica de Sonia M. Martin

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Desfallezco cuando
tu espada pendenciera
penetra
mi femenil anillo
de negro terciopelo…
Te ciño
con mis pétalos
púrpuras;
tu espada de fuego
arde candente
erguida y orgullosa
penetra…penetra…penetra
hurga, hurga hasta
tocar mi más
íntimo fondo;
yo te recibo
ofreciéndote
mis cántaros de miel
juntos bebemos al unísono
el néctar orgásmico
de nuestro
prohibido amor

Sonia M. Martin
del libro Señora de mirar de aurora




Foto: Sonia M. Martin fotografiada por Eduardo Riveros Olmos


CÁNTAROS DE MIEL, poesía erótica de Sonia M.Martin




Mis pechos
cántaros de miel
duermen en silencio
en espera de tus manos
que llegan al caer la noche


Mis alborotadoras
caderas
están silenciosas
en espera de tus manos
que se van con la madrugada

Mi piel rasga
el silencio de mi cuerpo
e irrumpe
en risas y jolgorios
cuando
tu boca besa mis cántaros de miel
y tus espada de fuego
penetra mi anillo femenino
que se adhiere
a tu espada de fuego…
en un beso de pasión
que estalla en mil orgasmos


Sonia M. Martin
del libro Señora de mirar de aurora

"LO SUBLIME Y TANATOS" prólogo de Sonia M.Martin del libro "La Muerte Quiere..." de Beatriz Iriart, California 2003



Prólogo del libro "La Muerte Quiere..."







Las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos.
Ramón María del Valle Inclán

Mientras otros hombres están inmóviles frente a su dolor,
Dios me dio el poder de expresar mi sufrimiento.
Goethe


En los anales de la poesía argentina, el lector y amante de poesía, se puede sentir atraído por muchos de sus poetas que cantan sus versos a la muerte, a lo sublime, a los mitos y a los sueños. Olga Orozco, es una de ellas que nos dice:

“Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín donde se abre la flor del sueño de Novalis.” (Mutaciones)

De esta atracción por los poetas transandinos y su magnífica poesía que se enlaza con la muerte, con Tanatos, con lo sublime, es que me sentí arrastrada por los remolinos inmoderados del placer de leer los excelsos poemas de La Muerte quiere…” de Beatriz López Osornio, y la tristeza frente a esta “muerte que quiere…” y que dice… y que dice tanto y tan profundamente.

Qué camino seguir: el placer elevado del verso o caminar con Tanatos y ese coqueteo de la poeta frente a la muerte.

Leer los poemas de Beatriz, nos hacen sentirnos inmersos de alguna manera en los versos de Alejandra Pizarnik y de Sylvia Plath. No obstante, hoy, nos encontramos en el torbellino de los versos de Beatriz… y su poemario “La Muerte quiere...”

¿Mas, quién es ésta poeta sublime, que nos remite a Novalis, a Goethe con sus versos que abrazan a la muerte con brazos seductores, que al mismo tiempo expresan sufrimiento y dolor…?
Debemos presentarla tanto con su poesía, así cómo y cuándo nació nuestra amistad.
Hace años que conozco los versos de Beatriz y quizá fue como casualidad, porque nuestra amistad –que siempre ha sido epistolar– se inició, -como es de esperarse- con una carta y de ahí pasamos a su poesía, a sus versos. Ella me enviaba sus poemas desde la Argentina a California y yo los leía sin acertar a reunir en una sola persona, a la joven que me enviaba cartas y a la talentosa poeta a quien yo le leía con embeleso, verso tras verso.

No conozco en persona a esta poeta, nuestra comunicación siempre ha sido epistolar. Y de este modo que parece tan sencillo, nació nuestra profunda amistad, la que por mi parte se transformó rápidamente en admiración al talento que muestra en sus versos Beatriz López Osornio.

De los primeros poemas que le leí, recuerdo uno en especial, que era dedicado a un amigo muerto; pero no muerto de muerte natural… era una muerte política, y así, de pronto, los versos, los poemas, se enlazaron con la muerte, la muerte política, la política, la tristeza, el recuerdo, el sufrimiento y el dolor. Asimismo me fui preguntando –y le pregunte también a la poeta- por qué escribir tanto dolor, tanto sufrimiento, por qué abrazar y ensalzar a la muerte, cuando se tiene tanta vida. Y de esta manera, me fui adentrando en su poesía, que me llevaba al centro profundo del sentimiento sublime que tanto destaca el movimiento romántico alemán y que también se lee en los versos de Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath.

De ambas leeremos algunos versos y empezaremos con Plath, no para comparar, sino que para disfrutar del estilo poético:


I was seven, I knew nothing.
The world occurred.
...
I am lame in the memory.
...
This was a man, then!
Death opened, like a black tree, blackly.
Sylvia Plath (Little Fugue)


Podemos libremente continuar con versos de Pizarnik, para sentir en ella palpitar la muerte y los recuerdos de infancia, como también se lee en el poemario de López Osornio.


Con todas mis muertes
yo me entrego a mi muerte,
con puñados de infancia,
con deseos ebrios
que no anduvieron bajo el sol.
(Obra 42)

Recuerdo mi niñez
Cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón.
(Obra 54)


Tanatos presente, y siempre, más coqueteo con la muerte, con lo sublime, con la infancia en las y los poetas que de alguna manera hemos traído en este prólogo a colación. No queremos hacer complicadas o enojosas comparaciones, nos queremos remitir a un cierto estilo, a un cierto amor de las poetas, por darle belleza y poesía a ciertos temas, que emergen libres y fluidos en los versos de la poeta que hoy presentamos. ¿Y por qué no leer, antes de sumergirnos profundamente en su libro La muerte quiere…” algunos de sus versos tan sublimes como románticos?


Gaviotas
Carecemos de memoria.
Las gaviotas que desplegaron sus alas
cayeron torpemente
bajo el áspero y cruel
sonar de armas.
Carecemos de memoria.
Y afirmamos
que era la única música
para esas aves.


En este poema está presente la política, la muerte, los desaparecidos y el olvido o falta de memoria colectiva. Sólo escuchan la música para esas aves… En cambio en Mieses, (Para Silvio)…van sus mieses o girasoles del exilio, quizá en su poesía, Beatriz nos recuerde su dolor al vivir también ella, el exilio de su hermana Viviana en Venezuela.
El coqueteo de la poeta frente a la muerte política en Los Ancestros nos remite a la Historia Universal, la muerte por nuestros ideales. La siento a ella vagar por Buenos Aires taciturna, buscando junto con las Abuelas de la Plaza de Mayo, una respuesta aun….
En Tarde de Bastiones Quebrados, hay una juventud que nace, crece y madura, con tristeza política. Duelo a la vida que pasó con dolor… y así, poéticamente, Beatriz López Osornio, en su libro La Muerte quiere…” nos arrastra de la mano para mostrarnos con dolor y muerte, la Argentina que le tocó vivir a su generación.
Union City, California, invierno de 2003


Beatriz Iriart

El desarraigo y el exilio en "Cena con un perro rojo", por Josefa Zambrano



On n’habite pas un pays,

on habite une langue.

Emile Cioran.





Cena con un Perro Rojo de Sonia M. Martin (Ediciones Tierra Mía, Ltda. Santiago de Chile, 1998. 150 páginas), no sólo es la obra ganadora del Premio “Letras de Oro”, otorgado por la Universidad de Miami en 1996, sino que también es un agradecido homenaje a Venezuela, país donde vivió la autora por más de una década.

Cena con un perro rojo es, en el decir de su autora, “una fantasía de cómo asesinar a un dictador, porque no se puede olvidar (…)”. Fantasía que está presente en el imaginario colectivo de todo pueblo que ve aniquilados sus derechos humanos y libertades ciudadanas bajo las botas y las armas de gobiernos totalitarios, militaristas, autocráticos.

Aunque Sonia M. Martín dice en los agradecimientos de Cena con un perro rojo: “Cuando me convierto en un ser delicado de esperanzas y tengo que escribir estas crónicas”, la obra es más bien una novela: la de la errancia y el desarraigo.

Novela narrada en primera persona por Bárbara Balandrón, quien junto a su marido Simón Altunate, después de casi veinte años de vivir en Venezuela, tiene que regresar a Chile debido a la muerte en extrañas circunstancias de su primo Pancho Balandrón, acaudalado terrateniente de las zonas de Coquimbo y La Serena en el Norte Chico chileno, ya que es su única y universal heredera.

Al ritmo de las gaitas zulianas, en un apartamento del caraqueño boulevard de El Cafetal y la víspera de Año Nuevo del último año de la década de los 80, con un lenguaje directo, coloquial, la narradora comienza a contar sobre los preparativos del viaje a Chile que emprenderán al día siguiente su marido y ella.

Durante el vuelo y hasta su llegada a “El Bucanero”, la propiedad de Francisco Balandrón en Coquimbo, la narradora comienza a dar cuenta del significado que tiene para ella este regreso intempestivo a su país de origen, del cual se sentía tan alejada.

Sus sentidos y pensamientos se van impregnando de los olores y paisajes de la bahía de Guayacán en la costa del Pacífico, antiguo refugio de piratas y bucaneros, que poco tiene en común con el litoral caribeño de Venezuela.

Desde el momento de su llegada al “caserón que se hiciera construir Vicente Blasco Ibáñez en Guayacán”, la narradora mira hacia atrás para rehacerse en sus recuerdos, pues al nomás entrar al jardín de “El Bucanero” el recibimiento se lo da “un hermoso regüe, el poste totémico tallado en madera de canelo usado como protección contra los malos espíritus, y cuyo perfume mareaba”. Y no podía ser otra cosa sino el monumento funerario de los araucanos el que la retrotrae hacia otro tiempo en ese mismo espacio, que aunque creía olvidados han estado siempre presentes en su memoria.

De la mano de Bárbara Balandrón el lector va conociendo de la magia, las leyendas y, desde luego, de las costumbres de la conservadora y cerrada clase alta de la zona; así como también de sus añoranzas por la forma de vida del país que acaba de dejar, y al que considera más suyo que éste de donde es originaria y con el que comienza a reencontrarse, todo lo cual motiva en ella una profunda crisis interior y la posterior búsqueda de la armonía existencial.

Sus palabras van recreando las leyendas nacidas en torno a los tesoros escondidos por los piratas y filibusteros, así como las de los que permanecen guardados en los socavones de las minas auríferas de Andacollo; las de “El Caleuche”, el galeón fantasma que navega en las noches de luna llena por las costas chilenas; las de Condorito y el Trauco de Chiloé. También permiten adentrarse en el mundo mágico-religioso de los mapuches y araucanos, el cual pervive a través de la tradición oral y la figura del o la Machi, especie de chamán(a), en las zonas rurales de las alturas de Coquimbo.

Asimismo, la narradora va revelando los detalles y objetos que caracterizan le très raffiné gôut de la clase alta chilena cuando visita la casa de Consuelo Zalaquetti, su amiga de la infancia, quien cuenta entre sus propiedades con una pinacoteca particular donde se pueden apreciar --muy bien descritas--, las obras de Hilda Crovo, la Gato Frías, Joaquín Torres García y, desde luego, “El perro rojo” de Enrique Castro Cid, artistas a quienes Sonia M. Martin rinde tributo en el capítulo tercero, “Cena con un perro rojo”, título que con acierto es el homónimo del libro.

Sonia M. Martin es escritora y periodista chilena. Ha vivido, además de Chile, en Venezuela, Francia, Alemania, Canadá y Estados Unidos, país donde actualmente reside. Ha sido miembro fundadora del CELCIT (Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral) y del ITI (Instituto Internacional de Teatro), así como conferencista invitada por la Bolivar’s House de la Universidad de Stanford, ya que desde hace años viene trabajando en la investigación sobre literatura, arte y teatro realizados por mujeres latinoamericanas.

En Cena con un perro rojo, Bárbara Balandrón --como toda mujer cuarentona-- comienza a cuestionar el sentido que le ha dado a su vida, a interrogarse sobre cuál será el que en adelante le dará y cómo prepararse para enfrentar el paso del tiempo que todo lo marchita: “Ni yo misma me entiendo. Tengo cuarenta y seis años. Veintiséis al servicio de mi familia (…) Tengo que tener energías para sacudir mis plumas en esta horrible primavera de mi otoño”.

El regreso a Chile le hace sentir el peso que ejercen sobre su identidad esos dos mundos en que le ha tocado moverse, pero sobre todo el de tener siempre presente: “No soy el remanente político ni económico del país en que nací. Soy idealista, y esto es un pecado mayor que ser lo ya mencionado”.

Creo que es en esa búsqueda y posterior reconstrucción interna de la identidad perdida, del dejar de sentir que “no se es ni de aquí ni de allá” que sufre todo aquel que deja su país de origen por largo tiempo, radica el mayor valor de Cena con un perro rojo. Obra que, por demás, es premonitoria de lo que estamos viviendo desde el año 1998 en Venezuela, país donde el exilio está motivado por el aspecto político, el cual condiciona a su vez los aspectos económicos y de inseguridad personal, jurídica y social que obligan a los venezolanos a emigrar masivamente, e incluso a solicitar asilo político.

Bárbara Balandrón dice: “Son tantas cosas que se atropellan dentro de mí, que no sé por dónde empezar a ordenar la madeja o mi vida; o quizá deba decir mis pensamientos. No sé en qué parte de mi vida me quedé convertida en una estatua de sal como la mujer de Lot. ¿Será que al venir del extranjero uno ve al país distinto? Hay aquí un silencio de vencidos, de pueblo sometido y al mismo tiempo una rebelión sorda que bulle por todas partes y hace que se sienta en el aire un olor a guerra civil. Me aterra pensar que un pueblo pacífico y democrático como éste, por culpa de un desquiciado de opereta termine en una guerra más sangrienta que las que hemos vivido hasta hoy (…)” ¿Y no son parecidas las palabras que expresan quienes regresan de visita a Venezuela y constatan la incertidumbre y polarización políticas engendradas por la discriminación laboral y el terrorismo de estado característicos del régimen del teniente coronel Chávez Frías?

En Cena con un perro rojo Bárbara Balandrón llega a un país que está saliendo de una larga y sangrienta dictadura, pero donde tampoco se ve con claridad si en el transcurso de la naciente democracia los responsables de tantos muertos, desaparecidos, perseguidos, exiliados y desarraigados serán juzgados y castigados, por eso dice: “Uno nunca sabe cómo se escribe la historia de los hombres. Este hombre, sus compañeros y el general pertenecen a nuestro Ejercito (…) Y yo deseo que alguien los juzgue, no permito el perdón ni el olvido de estos hechos”. Se pregunta y se responde con dolor: “¿Quién juzgará a esos hombres? ¿La historia? ¿El pueblo? ¿Tendremos capacidad de una concertación? Lo lamento –se dijo en el más doloroso sentimiento— no tengo capacidad de olvido y eso que yo no tengo muertos, desaparecidos y no soy exiliada ni política ni económica. Pero cómo me hizo daño este proceso por buscar la libertad espiritual de mis hijos. Dios está de parte de los dictadores, casi todos mueren en sus camas. Ahora no tengo nada, y ya nada importa de mí. No conozco mi país y en él casi nadie me conoce a mí. Mis hijos y yo somos mendigos emigrantes por la tierra; solamente me queda Pancho, el mar, y “El Bucanero” con los regües que trajo el abuelo…pero al menos tengo derecho a mi fantasía (…)”. Pues Bárbara Balandrón sabe que la libertad y la fantasía siempre han ido de la mano a la hora de enfrentar las infamias del autoritarismo.

Todo le parece un desacierto en el país que encuentra: “¿Sabes?, cada día que pasa menos entiendo lo que sucede en este país (…) Me tiene harta este país y su estrecho criterio. Todo el mundo está demente. No quiero que mis hijos crezcan castrados políticamente como yo, por una cuerda de ineptos y corruptos como los que nos gobiernan. O me vas a decir mamá, que tú confías a estas alturas en las fuerzas castrenses. Si alguna vez confiaste en los milicos…”

Regresa a un país que le es totalmente extraño, desconocido; por eso trata de hallar en la historia la explicación a todo cuanto los chilenos han vivido política y socialmente: “Y no me amargo más, ya que nos ensoberbecíamos por tener ciento cincuenta años de democracia… ¿Y ahora qué…?” Comienza a evaluar los defectos y virtudes de esos años de democracia perfectible que se perdieron bajo las botas y las armas de un gobierno militarista y corrupto, que no respetó derechos humanos y, mucho menos, elecciones ni votos: “Todo está aún por decidirse, no sabemos en qué terminará esta lucha infernal. Lo que sí te puedo decir es que estoy harta, y como yo, también está la gente que creyó en este gobierno de mierda. Yo no sé con mi experiencia cómo confiaron en un milico, linda. Sería en un momento de enajenación, porque militar es militar y le gusta el mando y el boato. Se inflan con el poder.”

Siente que ha perdido toda su identidad porque “el exilio había destruido la fe en su idiosincrasia” y, en consecuencia, comienza a padecer la aflicción del desarraigo y la frustración ante la imposibilidad de superarlo: “No tengo capacidad para vivir en mi país… No pertenezco a ninguna tierra. Siento que no hay esperanza para nosotros y nuestros hijos. ¡Ayúdame Simón!, no tengo frases para continuar, reconozco que soy delicada de esperanzas. Supongo que mis nietos seguirán viviendo en lo propio, ya no tendrán ese horrible acento que tengo yo. Aquí hablo con un terrible tonillo venezolano; en Venezuela tengo un espantoso dejo chileno. ¡Coño de vida! Soy una idealista a la que exiliaron… sin exiliar; estoy exonerada de mi misma; soy de las víctimas que no reclaman en los Derechos Humanos, nadie contará mi historia; nadie enviará cartas por mí, ni juntarán firmas para que entre y salga de esta tierra. Soy libre de ir y venir por mi país, yo no tengo una L en mi pasaporte; pero la tengo en mi cerebro (…)”

Comienza a añorar al país que por tanto tiempo la acogió y al cual ahora, cuando ya había logrado adaptarse, se ha visto en la necesidad de abandonar: “Quiero volver a mi país verde, necesito el tránsito enloquecedor de Caracas, sus gritos, sus desórdenes y poca clase, algún día nos daremos cuenta que sí tienen clase los tropicales… no entiendo a los chilenos; estos sureños con aire aristocrático y represivo que se sienten tan europeos; necesito la guachafita del trópico más genuina y sincera…”

Y esta nostalgia se acrecienta por el diario esfuerzo que realiza para adoptar de nuevo las costumbres de su país de origen, pues para hacerlo tiene muchas veces que mimetizarse para que sus paisanos no la traten como a alguien diferente, situación ya padecida al comienzo de su estadía en Venezuela; todo lo cual resiente profundamente su identidad, sus valores y creencias, ya que tiene que estar en un continuo proceso de simulación para conseguir la aceptación de los otros: “Para poder sobrevivir en un país que no es el tuyo, en donde eres aceptado como un allegado venido a menos, debes aprender a conducirte lo más parecido a un oriundo para subsistir, y esto destruye, éste es el problema. He tenido que aprender a camuflarme, tanto mi familia como yo. No se puede negar que uno aprende a caracterizar a un extraño personaje, pero aún con el aprendizaje del actor, es sólo una encarnación. En la noche me despojo de esa piel y me pregunto por la lejanía de esa tierra, por mis costumbres (…)” Pues durante todos los años que ha estado afuera ha idealizado al país de donde es oriunda y ha soñado con encontrarlo tal como lo dejó al salir. Quiere recuperar sus espacios, familia, recuerdos de infancia, amigos de juventud, pero encuentra que todo eso sólo existe en sus recuerdos y en el imaginario compartido, ya que la única realidad posible es la del desarraigo. “Y así me lo he pasado yo todos estos años. De pronto te encuentras con gente que te hace el transplante emocional más aliviado; y otros que te lo hacen insoportable. Asimismo, se comportan también los extranjeros, ya que hay algunos que se quejan continuamente de lo mal que se sienten lejos de la patria y lo mucho que echan de menos a su país. Y es triste, pues algunos verdaderamente no pueden volver, ya que les está prohibida la entrada a su país de origen. Otros se han decidido como yo a quedarse en Venezuela, pero no son ni de aquí ni de allá (…)”

Cada día tiene que afrontar con estoicismo el “¿De dónde eres?” que, según los sociólogos, constituye la pregunta étnica por excelencia, pues quienes se la hacen están demarcando claramente las diferencias e igualdades culturales, sobre todo a una persona que, como ella, ha logrado balancear o amalgamar, según los casos, lo que de bueno y malo tienen las culturas de cada uno de los países en que le ha tocado vivir: “Pero hay palabras, sabores, olores, cadencias, modales y pensamientos ¡que jamás adoptaré!, así como hay cosas de mi propia idiosincrasia que rechazo, como por ejemplo el decálogo chileno, que casi tengo olvidado (…)”

El desarraigo lleva a Bárbara Balandrón a considerarse una desconocida e incomprendida, y es que para ella ambos países tienen rasgos positivos y negativos; de ahí que se sienta a un mismo tiempo a gusto y disgusto en uno y otro porque, finalmente, ella cree que puede pertenecer a ambos o a ninguno. “No sólo amo la tierra en donde nací, puesto que las tierras en sí no son las que hacen daño. Son los hombres que nacen en ellas y más que nadie esos dirigentes mal habidos que de pronto tenemos en el gobierno. Yo no estoy capacitada para vivir en un régimen totalitario.” Por eso, para salvarse de la depresión a la que la precipita su conflicto de pertenencia decide evadirse mediante la fantasía de cometer el magnicidio y para ello elige como escenario el de un teatro, como ejecutora a una bailarina de ballet y como armas una granada, un gorro de cascabeles y la música de Maurice Ravel. Fantasía expiatoria que no tendrá otro fin que el de ayudarla a recobrar la fe en sí misma y en su país: “Pero yo quiero matar a mi General. Tengo derecho a mi fantasía.

Tengo derecho a no perdonar. Tengo derecho a no olvidar. Tengo derecho al amor. Tengo derecho a volver…”

“Simón, mi querido Simón, aún tenemos esperanzas…”


Esperanza que la lleva a aceptar la amalgamación entre identidad y otredad necesaria en todo proceso cultural, pues, como dice Octavio Paz, “Nunca la vida es nuestra, es de los otros. Vivir es exponerse”. Y al exponerse, Sonia M. Martin, o su alter ego Bárbara Balandrón, acepta que para una escritora, por encima de fronteras y culturas, sólo la lengua le permite crear, expresar y transformar toda fantasía liberadora en realidad escritural ajena de desarraigo.


Josefa Zambrano

Escritora




"Piegos Sueltos o María la del Castañar" novela de Sonia M.Martin, crítica de Alex Tacussis, California 2007





“Pliegos Sueltos”, o “María la del Castañar”, de Sonia M. Martin, nos ofrece una historia ancestral de profundo valor familiar y también de desgarros. Una niña de casi ocho años descubre que su nombre no es María sino Débora, por revelación de su abuela María, quien también oculta el nombre Débora. Entonces la abuela comienza a contarle el origen de la familia en Chile, cuando varios siglos atrás todos los españoles de origen judío debieron abandonar el suelo natal por mandato de la Corona. Pero una niña judía, Débora, decide desafiar este mandato y permanecer en su España amada. Su padre Yoseph busca cómo ayudarla y habla con su buen amigo el Duque de Béjar. El Duque había perdido recientemente a su hija María, y decide acoger a Débora con algunas condiciones: la niña debe aceptar el nombre María, adoptar costumbres católicas, y mantener las suyas en absoluto secreto; de esa manera él podrá decir que es su hija. Y así, al mismo tiempo que su familia abandona el país hacia tierras desconocidas, la niña da inicio a una vida nueva, para lo cual debe asumir la negación de su nombre, de sus creencias religiosas y también de sus costumbres familiares; pero a su vez tiene entera libertad de continuar observándolas, en privado, en la intimidad de sus propios pensamientos; y si algún día fuera madre de una niña, ésta se llamase María de forma oficial, y Débora privada y verdaderamente.

La Débora-María de hoy queda profundamente impresionada por esta revelación. No deja de hacerle preguntas a su abuela. Esta la aconseja que desarrolle la disciplina por escribir; pero la niña está más entusiasmada por el teatro y todas las presentaciones que suelen ocurrir en un escenario. La Débora-María de hoy vive un mundo encantador, y su madre alienta con alegría la cálida y estrecha relación entre su hija y su propia madre, algo que pareciera que duraría para siempre pero que los acontecimientos nacionales comienzan a trizar amenazadoramente.

En un lenguaje apropiadísimo, Sonia M. Martin nos va conduciendo sin interferencias por el corredor del día a día que Débora-María recorre junto a su abuela en el monasterio donde ha vivido desde siempre. Sabremos de los tejidos de calcetines, de la higuera donde suele aparecer un fantasma descabezado-el Cura sin Cabeza-“Pliegos Sueltos” o “María la del Castañar”, de los ensayos con la talentosa hija de la lavandera para el concurso del cuenta-cuentos. El libro termina y el lector queda con un deseo de conocer más, de que el relato no hubiese terminado hoy, que continuara por la sola alegría de su lectura.



Alex Tacussis
Escritor
Miembro Director de SELC & CII, Sociedad de Escritores Latinoamericanos de California y Capítulo Internacional Internet.
Noviembre 19, 2007


"PLIEGOS SUELTOS" novel by Sonia M. Martin / by ALEX TACUSSIS, United States 2009






“Pliegos Sueltos” o “María la del Castañar” by Sonia M. Martin unfolds an ancestral tale of deep family values and suffering. An almost eight-year old girl discovers that her name is not María but Debora, as her grandmother María has just revealed to her, whose hidden name is also Debora. Grandmother starts telling the girl about the origin of the family in Chile, when several centuries ago a Crown’s mandate dictated that all Spaniards with Jewish ancestors had to leave the motherland. However, a little Jew girl, Debora, decides to challenge the injunction and to stay in her beloved Spain. Her father, Yoseph, tries to help her and meet his very good friend the Duque de Béjar. The Duque had recently lost her daughter María, and comes to offer Debora to stay with him under certain conditions, from now on she will accept to be called María, make Catholic customs hers, and keep her own ones in absolute secret; in that way the Duque would be able to say she is his own daughter. So, the same day Debora’s family is leaving Spain towards unknown lands, the girl commences a new life, for which she had to assume the proscription of her real name, her religious beliefs and also her real family’s customs; and at the same time, she has entire liberty to continue observing them in privacy, in the intimacy of her own thoughts; and if one day she was mother of a girl, the girl would be officially named María, but, privately and truly, she would be Debora also.

Present time Debora-María is deeply thrilled by this revelation. She would ask her grandmother one question after the other now. Her grandmother advises her to develop a discipline in writing; but the girl is much more motivated by the plays and all events that use to occur on stage. Present time Debora-María lives in a charming world, and her mother happily cheers the close and warm relation between her daughter and her own mother, something that seems it would last forever but that the current events along the country start cracking menacingly.

With the use of a very appropriate style, Sonia M. Martin, with no intromissions of any kind, takes us along the Debora-María’s day-to-day path of occurrences that the girl and her grandmother live in the monastery they have lived in since always. The reader will know about the knitting of socks, the fig tree where a headless ghost use to show up, the practicing with Debora-María and the very talented cloth-washer woman’s daughter for the tell-stories contest. The book comes to its end and the reader wants to know more, desiring the tale had not finished today, but kept going for the sole happiness of the reading.

The English version of this book will be available soon.


Alex Tacussis
Writer
Board Director of SELC & CII – California Latin American Writers Society and Internet International Chapter
December 16, 2007




LOVE DON'T LEAVE/ poem by Sonia M. Martin


Oh! love please don't go,
There is fire within me.
and my flaming heart...
Love, please do not go.
Inside the old bag I carry,
Hidden ideals,
Butterflies' wings
And my sleepy heart.
Oh! love please don't go away,
My lips are like roses,
Where the most tender words
Are born again.
Love do not leave me
Hopeless, and sick
Dying for your love
Like a pale damsel.


Sonia M. Martin

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